(basada en Lucas 14: 12-24) La Parábola del Gran Banquete

Cierta vez, un hombre rico preparó un gran banquete y invitó a muchos a participar. Envió a sus siervos para llamar a los invitados, diciéndoles: “¡Vengan, porque todo está listo!”

Sin embargo, uno por uno, los invitados comenzaron a poner excusas. El primero dijo: “Compré un campo y necesito ir a verlo. Lamento no poder asistir al banquete”. El segundo dijo: “Adquirí cinco yuntas de bueyes y estoy yendo a probarlos. Por favor, acepta mis disculpas”. El tercero dijo: “Acabo de casarme y no puedo ir”.

El hombre se sintió decepcionado por las negativas, pero no se rindió. Le dijo a sus siervos: “Vayan por los caminos y atajos de la ciudad, inviten a los pobres, a los cojos, a los ciegos y a los cojos, para que mi casa se llene”.

Los siervos hicieron como su señor les ordenó, pero aún había espacio. Entonces, el hombre instruyó: “Vayan más allá de las fronteras de la ciudad, por los caminos y campos, e insistan en que todos entren, para que mi banquete sea disfrutado por muchos”.

Y así sucedió. La casa se llenó con una mezcla de personas de todos los orígenes, que se sentaron a la mesa del gran banquete. El hombre miró a su alrededor con alegría, sabiendo que su fiesta no había sido en vano.

Esta parábola enseña que el Reino de los Cielos es como el gran banquete, donde todos están invitados a participar. A veces, aquellos que inicialmente se niegan son reemplazados por otros que anhelan aceptar la invitación. La invitación de Dios está abierta a todos, independientemente de su condición o estatus social, y la celebración es completa cuando las personas responden al llamado y se unen a la mesa de la gracia divina.

 

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